Tesis sobre la homosocialidad* como arquitectura del patriarcado: El deseo masculino no incluye a las mujeres.

Todo empezó con una observación que no podía dejar de ver y que el lenguaje disponible no alcanza a nombrar. Para quienes recién me leen, podría decir que lo que vengo desarrollando tiene varias capas. La primera es que la homosocialidad masculina no es un fenómeno cultural periférico sino la estructura central del patriarcado. Eso ya tiene respaldo teórico, pero para mí, esto va más lejos. La segunda, y tal vez donde arriesgo más, es que el deseo masculino está constitutivamente orientado hacia otros hombres como sujetos, y hacia las mujeres solo como objetos funcionales de ese sistema. No es una tesis sobre preferencia sexual individual. Mi tesis es una tesis sobre la economía del deseo bajo el patriarcado. La tercera, que podría ser la más contemporánea, es que la crisis actual del contrato heterosexual, la soledad masculina, el auge de los movimientos incel, la reacción violenta contra el feminismo, son síntomas de un sistema que empieza a perder la coerción que lo sostenía.

En 2021 lo dije públicamente en unas stories de Instagram, cuando un hombre todo musculoso, potencialmente empastillado para inflarse artificialmente y parecer aún más rudo, agredía a las feministas por el tema de la ley «trans» en España: la energía que este hombre le ponía a su apariencia, a su cuenta de Instagram, a su presencia pública, estaba íntegramente dirigida a otros hombres. No había una sola mujer en su feed. Su contacto con nosotras duraba exactamente lo que tardaba en agredirnos.

No lo dije como insulto. Lo dije como análisis.

La cuenta de ese hombre parecía un catálogo de cine porno-gay: la misma estética, el mismo modo de presentación de cotejo entre hombres a los que siempre estuve expuesta en mis salidas lésbicas. Lastimosamente, es casi imposible encontrar bares solo para lesbianas, por eso estamos obligadas a compartir espacios con los gays y sus dinámicas, algunas más simpáticas que otras. Es gracias a esa exposición que creo reconocer varios de los metamensajes amatorios del mundillo gay. Fotos extremadamente sexualizadas, cuerpos expuestos como en un grill americano: dorados, aceitados, listos para ser “consumidos” por otros hombres. Lo que me pregunté entonces, y me sigo preguntando, es estructural: ¿a quién está dirigido realmente el deseo masculino??

No estábamos en cualquier contexto, fue durante la pandemia. Era el momento en que la ley de autoidentificación de género se discutía en España y en otros países, y hombres como ese, de una misoginia apenas recubierta de vocabulario progresista, atacaban a feministas como Lilith, cuya cuenta yo sigo. La ley en cuestión, analizada desde el feminismo radical, no es una ley de derechos: es una extensión de la prerrogativa masculina al ámbito del cuerpo y la identidad legal de sus deseos sexuales. Permite que hombres accedan a espacios de mujeres mediante una declaración administrativa, sin ningún criterio médico, legal o social de verificación: bastará la palabra de un hombre, como la de Dios. Sheila Jeffreys lo documenta extensamente en Gender Hurts (2014): la autoidentificación como mujer no elimina la socialización masculina ni el acceso al privilegio que esa socialización confiere. Lo que sí elimina es la capacidad de las mujeres de nombrar su propia opresión con categorías basadas en el sexo, entre varias cosas más.

Me dijeron de todo cuando lo dije. Me acusaron de homofobia, como si señalar la estructura del deseo masculino y su función política fuese lo mismo que atacarlos por su sexualidad. Pero justamente: si la sexualidad de los hombres es política, señalarla es feminismo, no insulto.

La fuerza de sus testículos y su deseo y amor por otros hombres nos trajo hasta acá. Y lo digo en el sentido más estructural posible.

Adrienne Rich escribió en 1980, en Compulsory Heterosexuality and Lesbian Existence, que la heterosexualidad no es una orientación espontánea de las mujeres sino una institución política impuesta mediante la fuerza, la coerción económica, la violencia y la desinformación. Rich sostiene que el vínculo entre hombres, en el deporte, el ejército, la política, la economía, es más profundo y más determinante que cualquier relación amorosa que los hombres sostengan con mujeres. El sistema de poder entre hombres es más fuerte que cualquier amor hacia mujeres. Eso no es psicología individual: es arquitectura social.

Lo que yo llamo «todos los hombres desean a otros hombres» no es una afirmación sobre la vida íntima de ningún hombre en particular. Es una descripción del sistema. El deseo masculino, en su forma socialmente organizada y políticamente funcional, está dirigido hacia otros hombres: hacia su reconocimiento, su aprobación, su jerarquía, su compañía. Las mujeres funcionamos, en ese sistema, como moneda de intercambio. Gayle Rubin lo formuló en 1975 en The Traffic in Women: las mujeres somos el objeto que circula entre hombres para consolidar sus alianzas. No somos el destino del deseo masculino. Somos su vehículo.

La homosocialidad masculina no es solo amistad entre hombres. Es el pegamento del patriarcado. Es la red de lealtades, alianzas y reconocimientos mutuos que organiza el poder en la economía, la política, el ejército, la cultura. Monique Wittig lo vio con claridad: el contrato heterosexual no existe para satisfacer a las mujeres. Existe para garantizar el funcionamiento del sistema entre hombres. Marilyn Frye añade que la atención masculina hacia las mujeres es instrumentalmente necesaria para el sistema, no afectivamente genuina: los hombres nos necesitan disponibles, no presentes.

Si el deseo sexual de los hombres tiene tanto poder sobre nuestra realidad, su sexualidad es política. No en el sentido de que sus preferencias íntimas sean asunto público, sino en el sentido de que la estructura de ese deseo organiza el mundo en el que vivimos. Cada vez que me encuentro con ese patrón, lo que encuentro es que la energía que mueve el sistema no es neutra, no es abstracta, tiene una dirección y esa dirección nos excluye a nosotras como sujetos y nos incluye como objetos.

El sistema heterosexual, entonces, no es una descripción de lo que los hombres sienten. Es una institución de control sobre lo que las mujeres hacemos. Las mujeres parimos hijos, organizamos el espacio doméstico, sostenemos emocionalmente a los hombres, mientras ellos se disocian y buscan en otras mujeres, o en otros hombres, lo que saben que el marco heterosexual no puede darles. La culpa de esa insatisfacción cae siempre sobre nosotras: no somos suficientemente bellas, delgadas, inteligentes, disponibles. El problema no es estructural, según el relato que el sistema produce sobre sí mismo. El problema es siempre Marita, Estela, Julieta: la mujer concreta que no era la mujer perfecta.

Tener muchas mujeres sostiene ese relato. ¿Qué sería de sus sistemas si finalmente se aceptara que los hombres aman y desean a otros hombres? Ya existe una respuesta posible: los cuerpos pasaron a ser “cosas” que los hombres pueden alquilar para la reproducción, se llama subrogación, se presenta como altruismo, y se tomaron dos o tres casos que conmueven al mundo para instalar un modelo en el que las mujeres más pobres sienten que le ganan a su destino vendiendo lo único que el sistema les dejó como recurso. Y existe otra respuesta, más antigua: la prostitución, que es el campo perfecto para ir a castigar a mujeres por no ser hombres y, así, no valer lo suficiente, mientras se demuestra poder mediante el desprecio más absoluto. 

La llamada epidemia de soledad masculina que los medios comenzaron a documentar con preocupación creciente tiene una explicación que ninguno de esos medios formula con claridad: las mujeres, en la medida en que hemos accedido aunque sea parcialmente a recursos propios, hemos empezado a entender que la violación no es amor, que la tortura no es deseo, que la manipulación no es atención. Cuando las mujeres dejan de participar del contrato heterosexual forzado, aunque sea parcialmente, el sistema entra en crisis y la violencia de los hombres y sus sistemas aumenta. La soledad masculina no es un accidente histórico. Es el primer síntoma visible de que el contrato se está rompiendo por el lado que siempre fue más frágil: el nuestro, porque era el que se sostenía por coerción y no por elección, porque lo que le pasa a una le pasa a la otra, porque somos más.

Como dijo Rich: la heterosexualidad es obligatoria para las mujeres. Lo que estamos viviendo ahora es la consecuencia de que algunas de nosotras, cada vez más, empezamos a desobedecer esa obligación. Como todo sistema enfermo que se sostiene por coerción y no por consenso, su única vulnerabilidad real es el retiro de las que lo sostienen a pesar de las represalias. 

Inspirada por mujeres que pensaron y escribieron antes que yo, Rich, Jeffreys, Wittig, Frye, Rubin, entre otras, me animo a desarrollar, investigar y escribir sobre la sexualidad de los hombres y cómo su energía sexual demanda nuestro sometimiento, nuestra deshumanización y nuestro borrado. Si el deseo sexual de los hombres tiene tanto poder, su sexualidad es política y estructural. Y si es política, puede ser analizada, nombrada y resistida. Tal vez eso estoy intentando.

¿Qué es la homosocialidad?

El término lo popularizó Eve Kosofsky Sedgwick en Between Men (1985), aunque el concepto ya estaba implícito en Rich, Wittig y Rubin. La idea básica es que los hombres se organizan, se reconocen, se protegen y se potencian mutuamente a través de relaciones entre ellos, y que este sistema de alianzas es la base del patriarcado — no un subproducto, sino la estructura central.

En la práctica se ve en el ejército, los clubes, los parlamentos, las juntas directivas, los equipos de fútbol, las fraternidades, los grupos de poder informal. No es que «los hombres son amigos entre sí» — es que esa red de lealtades masculinas organiza quién tiene acceso al poder, quién lo mantiene y quién lo hereda.

Este texto busca conectar esa homosocialidad con el deseo. No solo «los hombres se prefieren entre sí socialmente» sino que esa preferencia tiene una dimensión libidinal — la energía, la atención, el reconocimiento que los hombres se dedican mutuamente es cualitativamente distinta de la que dirigen hacia las mujeres. Y las mujeres, en ese esquema, funcionamos como moneda de intercambio dentro del sistema entre hombres, no como destinatarias reales de su deseo o atención.






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