Presentación · Homosocialidad sexual · Ana Julia Di Lisio
Por qué escribí «Todos los hombres desean a otros hombres»
Escribí Todos los hombres desean a otros hombres porque el mandato de gustarles a los hombres es una trampa.
Tuve un amigo muy leal y generoso conmigo durante casi diez años. Pero cuando su hermano estaba ahí, yo «desaparecía» para ellos. Lo mismo cuando su padre lo visitaba y justo yo estaba ahí por Navidad o su cumpleaños: ellos solo se miraban entre ellos, hablaban fuerte entre ellos y las mujeres que estábamos ahí pasábamos a segundo plano completamente. Esto cambiaba cuando él estaba a solas conmigo u otras mujeres. Ahí sí actuaba el hombre amoroso, atento, generoso. Con los años pensé que podía ser un lenguaje cultural distinto, pero una Navidad sentí ganas de dejar de formar parte de ese esquema de «amor» entre ellos. Dije que estaba enferma, que no podía ir a la cena tradicional que sucede entre noviembre y diciembre en Berlín, donde amigos y familia se juntan a comer por fin de año y Navidades.
Ese año no fui y me quedé pensando por qué me molestaba tanto justo ese año, qué había cambiado en mí después de una amistad de tantos años y con quienes yo compartía objetivos políticos, de algún modo. Pasó que después de leer feminismo y de participar de acciones, esos últimos años me había tomado la lucha de las mujeres en serio. Tan en serio como para comprometerme a mirar más detenidamente el sistema que me rodeaba. Mi amigo era amoroso siempre que teníamos una charla, pero cuando su hermano estaba ahí yo pasaba a ser automáticamente casi una desconocida, algo que no valía. Primero me lo tomé personal, pero luego, cuando estábamos los cuatro con su madre, vi que pasaba lo mismo con ella. Era mucho más sutil y su madre lo aceptaba sin problemas: las miradas, los comentarios un poco hostiles, había una especie de pacto inquebrantable entre ellos dos flotando en el aire cada vez. Luego pensé si eran ellos solos, pero claramente me di cuenta de que no. En cada vínculo, relación o lugar compartido con dos o más hombres, la dinámica era muy similar, al punto de que no necesitaban ser hermanos: podían ser compañeros de trabajo, conocidos, vecinos, amigos… Luego pensaba: claro, esto es la homoafectividad de la que tanto hablan las feministas… Pero yo veía una dimensión más intensa que la afectiva: de alguna manera, estos hombres siempre buscaban tocarse, rozarse, acariciarse, hacerse de comer, apoyarse el uno encima del otro, encontrar un momento a solas innegociable. Empecé a percibir una dimensión sexual libidinosa flotando en el aire entre ellos que no tenía que ver con el afecto, la amistad o la familiaridad.
Cuando estaba en la universidad, un compañero contaba que después de jugar al fútbol, se bañaban juntos, se tocaban y hasta a veces se masturbaban, pero todo esto formaba parte de su «heterosexualidad». Me preguntaba entonces, ¿cuándo es un hombre homosexual?, ¿cuándo lo dice, como pasa con el transactivismo? Un hombre dice que es algo y lo es, pero no antes de decirlo. Me pareció injusto depender de los hombres para definir la realidad en la que las experiencias compartidas interactúan. ¿Tenemos que aceptar que un hombre que performa la feminidad es una mujer de la misma manera que tenemos que aceptar que los rituales homosexuales que los hombres tienen normalizados son heterosexuales?
Un hombre dice que es algo y lo es, pero no antes de decirlo.
En este hilo de pensamiento, además de los libros feministas, empecé a investigar la historia de la sexualidad humana, ya no tanto desde la perspectiva «radfem» sino en general. Todo empezaba a tener más sentido y mi experiencia me había corrido otro velo del sistema que tenía delante de los ojos. Fue entonces cuando, después de quitarme esa convención coercitiva de tener que verlos como «heterosexuales» cuando actúan la homosexualidad, lo empecé a ver en todos lados. Pensé que estaba volviéndome un poco loca o tal vez que estaba exagerando. ¿Cómo podía ser que estuviese por todos lados y que nadie se diera cuenta? No importa cuán conservadores o «progres» sean: todos, absolutamente todos, forman parte de una dimensión sexual libidinosa entre ellos que pretenden ocultar coercitivamente: «estás loca, estás exagerando, ves homosexuales por todos lados».
Fue entonces cuando me puse a consultar qué feministas habían hablado ya no tanto de «homoafectividad», porque era otra dimensión ahora, sino de algo más sexual entre ellos como orden patriarcal y de pacto entre hombres. Encontré el trabajo de Sedgwick, Entre hombres (Between Men), de 1985. Ella analiza las relaciones de los hombres en la literatura inglesa y saca conclusiones bastante cercanas a lo que yo venía viendo. Ella dice que sí hay una dimensión «homosocial» que roza lo sexual, pero que no llega a confirmarlo porque hay un sistema que lo frena: la homofobia. Pero que exista ese sistema es casi la prueba de que la dimensión sexual entre ellos existe, porque si no, no haría falta semejante dispositivo social. Si tenemos que alimentar la homofobia —tanto desde la izquierda, con el transactivismo, como desde la derecha, con la homofobia «tradicional»— es porque no se está nombrando lo que ES.
Que exista ese sistema es casi la prueba de que la dimensión sexual entre ellos existe.
En Todos los hombres desean a otros hombres escribo sobre homosocialidad sexual, porque la dimensión sexual es demasiado inherente al sistema y a la historia de la humanidad como para no tomarla en serio. La vida de las mujeres no tendría que estar condicionada por gustarles a los hombres ni por ser validadas por ellos: esa dependencia termina en nuestra propia destrucción. La sexualidad de los hombres es un continuum sistémico en el que las mujeres no entramos nunca en una posición de igualdad, porque la dimensión sexual es entre hombres, aun cuando se llame «heterosexualidad».
Próxima publicación
Este artículo presenta el libro Todos los hombres desean a otros hombres: Homosocialidad sexual y la arquitectura del patriarcado (RFB/Books, KDP), próximo a publicarse el 25 de junio de 2026.
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