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Platón sugería que Occidente es «gay»

Análisis · Homosocialidad sexual · Ana Julia Di Lisio

Platón sugería que Occidente es «gay». ¿Son, entonces, todos los hombres homosexuales?

La sexualidad de los hombres define el sistema en el que vivimos. A partir de Platón, Sedgwick, Daly, Dworkin, Jeffreys, Raymond, Wittig y Segato, este artículo propone pensar la homosocialidad masculina no solo como arquitectura política, sino como estructura sexual.

Pregunta
¿Son todos los hombres gay?
Una pregunta provocadora sobre deseo masculino y patriarcado.
Concepto
Homosocialidad sexual
A partir de Sedgwick, el análisis se desplaza hacia la dimensión sexual del vínculo entre hombres.
Libro
25 de junio de 2026
Próxima publicación de Todos los hombres desean a otros hombres.
«Mi orientación sexual no era gay, no era heterosexual… era/es/fue siempre una atracción hacia la misoginia.»
— Frase atribuida a Hunter Schafer

Hunter Schafer, actor estadounidense que se identifica como «mujer», formula así su sexualidad: «Mi orientación sexual no era gay, no era heterosexual… era/es/fue siempre una atracción hacia la misoginia.» La frase es involuntariamente reveladora: lo que Schafer nombra como su sexualidad es exactamente lo que el feminismo radical viene nombrando, desde otra dirección, como la estructura del deseo masculino dentro del patriarcado.

Esta es una pregunta que las feministas y teóricas se vienen haciendo porque cuesta bastante entender que un hombre pueda amar a una mujer cuando el sistema en el que vivimos se sostiene gracias a la misoginia y el desprecio de las mujeres, la opresión y sustracción del trabajo de las mujeres para fortalecer al sistema de poder que propone a los hombres elegidos como baluartes y representantes del mismo. Y, si bien partimos de la premisa sobre Occidente, sabemos que esta estructura se extiende más allá: el hombre la aplica adaptándola a cada contexto cultural en el que opera. Ser elegido por el sistema responde a una cualidad táctica para que se siga manteniendo: nada deberá debilitarlo, justamente para que siga funcionando; entonces los «elegidos» son aquellos envases que serán rellenados potencialmente con el trabajo de otras mujeres o tal vez de otros hombres menos favorecidos por el sistema. Esta reapropiación o robo material es necesario para que quienes sostienen al sistema lo fortalezcan. En este contexto, la distinción entre hombres «buenos» y «malos» es funcionalmente irrelevante porque ambos refuerzan el sistema, y por eso solo los hombres pueden romperlo desde adentro. Habrá hombres que cooperen con el sistema y otros que no lo hagan, pero todos ellos serán beneficiados por el sistema mientras este exista. La liberación de las mujeres, en cambio, no depende de que los hombres rompan el sistema: es una operación política propia, hecha desde afuera del lugar de pertenencia masculina al sistema.1

A simple vista parece una forma rápida de encontrar una solución intelectual a un problema sistémico: «¡son todos homosexuales!». Pero, ¿cuánto de verdad puede haber en esta suposición? En este artículo vamos a ir por capas citando la bibliografía conocida y publicada dentro de circuitos feministas para elaborar un pensamiento, una idea, tal vez un concepto que nos libere de «no resultar suficientes» para los hombres. Nunca. Si hay hombres que matan a sus madres, entonces la frase «no soy misógino, amo a mi madre» o «cómo voy a odiar a las mujeres si vengo de una», no son concluyentes. Hace unos años se incorporó esta: «cómo puedo odiar a las mujeres si habiendo nacido hombre quiero ser una porque lo siento»… En este último caso el asesinato de la mujer ya no es un hecho material sino simbólico: visten nuestras pieles, roban nuestros nombres y nuestras características, se adueñan de la esencia de las mujeres y de sus mundos y significados.2 Esta también es una manera de matar: si los hombres pueden ser o tener lo que las mujeres somos, entonces dejamos de existir por reemplazo.

La mujer no aparece allí como objeto del deseo del hombre individual, sino como moneda de circulación entre varones: el hombre fetichiza a la mujer para el goce parafílico de otro hombre.

Este reemplazo opera también en su forma material más cruda: hombres que drogan a sus parejas para que otros hombres las violen y filmen, como en el caso Gisèle Pelicot; redes en Telegram donde se comparte el material producido sobre mujeres del propio entorno.3

Este reemplazo es más seguro para sostener al sistema, que ya existe y que ya opera y que necesita mantenerse sin los elementos que atenten contra él: la liberación de las mujeres es el movimiento político de emancipación como ser político separado del hombre, lo que supone la amenaza directa al sistema. Las mujeres no somos amenazantes mientras estemos absorbidas por el sistema, trabajando para él y nutriéndolo. Entonces, ¿cómo los hombres pueden amar a mujeres que representan una amenaza tan troncal?

1. Violación, femicidio y tortura psicológica

La danza entonces se balancea entre la cantidad de misoginia que las mujeres podemos tolerar para poder vivir con los hombres y cuánto nos podemos rebelar y no participar del sistema de los hombres. Podríamos imaginar que cuantas más mujeres no participen del sistema de los hombres, más dureza caerá sobre aquellas que se rebelan, porque lo que le pasa a una mujer es simbólico a lo que le puede pasar a otra mujer que tal vez esté más alejada del dominio directo de un hombre.

La violación y los femicidios son elementos de tortura psicológica sobre las sobrevivientes. Es decir, la violación y los femicidios/feminicidios no operan solo como daño individual contra la víctima directa, sino como violencia expresiva: producen un mensaje de soberanía, control y terror dirigido también a las sobrevivientes y a la comunidad de mujeres. Rita Segato elabora el concepto de que la violación se aproxima a la tortura física o moral porque busca la subordinación psicológica y moral de la víctima y de quienes reciben ese mensaje: otras mujeres.4

2. Reasignación, ginecología y sado-ritual

Si se necesitan hombres y mujeres para mantener el sistema, se podría pensar que cuanto más las mujeres decimos «no», más elaborados serán los mecanismos para que nada cambie y mantenernos en él. Entonces, por ejemplo, ya no serán operaciones quirúrgicas sadomasoquistas a los genitales de las mujeres en contextos de la «ginecología», sino que responderán ahora a «operaciones de reasignación de sexo», por el bien de las mujeres.5 El sistema es el mismo. Entonces, ¿cómo un dispositivo, o clase «hombres», podría amar a mujeres cuando es la lucha de clase más troncal que existe?

3. Occidente es gay

En este contexto, autores fundadores de Occidente como Platón ya permiten leer que el núcleo erótico-político de la cultura occidental no se organiza alrededor del amor a las mujeres, sino alrededor del vínculo entre varones. En ese sentido provocador puede decirse: «Occidente es gay».6

Es decir, si la tecnología lo permite, las mujeres se podrán «suprimir» y así los hombres podrán adorarse entre ellos sin necesitar la existencia de las mujeres. Tal vez una forma rápida de mostrar esto es la tecnología robótica gestante, los «trasplantes de útero» a hombres bajo identidad de mujeres que propuso el transactivismo así como la subrogación, donde si bien no se suprime a la mujer materialmente sí se la suprime simbólicamente, donde vemos a parejas de hombres dignos hijos de Platón en su eros más absoluto «pariendo» por sustitución.

Aunque también se ve en Afganistán y el borrado en vida de las mujeres afganas, quienes «existen» porque han nacido, pero no pueden prácticamente ser personas teniendo menos «derechos» que los animales.

Cuanto más segregan a las mujeres, más visibles son entre ellos.

La mujer visible interrumpe el espacio homosocial masculino.

La heterosexualidad obligatoria no es la supresión del deseo homosexual: es el mecanismo que convierte ese deseo en una demanda constante de disponibilidad femenina.

Si los hombres desearan a las mujeres, no necesitarían velarlas.7

4. De la homosocialidad a la homosocialidad sexual

Tal vez el concepto de homosocialidad, desarrollado de manera decisiva por Eve Kosofsky Sedgwick en Between Men, nos permita nombrar la arquitectura de una parte fundamental del sistema de los hombres. Sin embargo, allí donde Sedgwick mantiene el análisis en el plano del deseo homosocial masculino, yo propongo llevarlo hasta su dimensión sexual: la homosocialidad sexual no sería solo una arquitectura de alianzas, rivalidades y reconocimientos entre varones, sino también la forma socialmente organizada del amor sexual de los hombres por sí mismos.

Desde la arquitectura sabemos que no se pueden habitar espacios ni lugares que sean solo «estructuras»: toda estructura debe ser habitada. Del mismo modo, la estructura homosocial masculina es habitada por el deseo, la admiración y el amor de los hombres hacia otros hombres, incluida su dimensión sexual.8

Próxima publicación

Este artículo presenta de manera sintética los lineamientos del libro Todos los hombres desean a otros hombres: Homosocialidad sexual y la arquitectura del patriarcado (RFB/Books, KDP), próximo a publicarse el 25 de junio de 2026.

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Notas / Referencias

1 Andrea Dworkin, Intercourse (New York: Free Press, 1987); Mary Daly, Gyn/Ecology: The Metaethics of Radical Feminism (Boston: Beacon Press, 1978); Sheila Jeffreys, The Spinster and Her Enemies: Feminism and Sexuality 1880–1930 (London: Pandora Press, 1985); Flora Tristán, Unión obrera (1843); Monique Wittig, The Straight Mind and Other Essays (Boston: Beacon Press, 1992).

2 Sobre el reemplazo simbólico de las mujeres por mujeres trans como apropiación de la feminidad, véase Janice Raymond, The Transsexual Empire: The Making of the She-Male (Boston: Beacon Press, 1979). Raymond formula tempranamente la tesis de que la apropiación transexual masculina de la feminidad opera como vaciamiento y reemplazo de la mujer real, anticipando los desarrollos contemporáneos del transactivismo.

3 A. Di Lisio, Todos los hombres desean a otros hombres, en prensa, 2026. El caso de Gisèle Pelicot —drogada por su marido durante una década para ser violada por más de cincuenta hombres reclutados online— fue juzgado en Francia entre septiembre y diciembre de 2024. Sobre las redes en Telegram que distribuyen material de abusos sexuales contra mujeres del entorno cercano de los abusadores, véase la cobertura periodística sostenida desde 2022 en distintos países —España, Argentina, Alemania, entre otros— y los informes de organizaciones como End Violence Against Women.

4 Rita Laura Segato, La guerra contra las mujeres (Madrid: Traficantes de Sueños, 2016). Véase también Rita Laura Segato, La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez: territorio, soberanía y crímenes de segundo Estado (Buenos Aires: Tinta Limón, 2013).

5 Mary Daly, Gyn/Ecology: The Metaethics of Radical Feminism (Boston: Beacon Press, 1978), especialmente el capítulo «American Gynecology: Gynocide by the Holy Ghosts of Medicine and Therapy» y su análisis del «Sado-Ritual Syndrome».

6 Platón, El banquete / Symposium; Platón, Fedro / Phaedrus. En El banquete, el discurso de Pausanias distingue entre un amor «vulgar» y un amor «celestial», este último asociado al vínculo entre varones; en el discurso de Aristófanes aparece el mito de las mitades, donde los varones que proceden de varones buscan a otros varones. En Fedro, la relación entre eros, alma, belleza, iniciación filosófica y vínculo maestro-discípulo muestra que el eros entre varones no es marginal, sino filosóficamente elevado dentro del imaginario platónico.

7 A. Di Lisio, Todos los hombres desean a otros hombres, en prensa, 2026.

8 Eve Kosofsky Sedgwick, Between Men: English Literature and Male Homosocial Desire (New York: Columbia University Press, 1985). Para el desplazamiento de la homosocialidad masculina hacia su dimensión sexual, véase A. Di Lisio, Todos los hombres desean a otros hombres, en prensa, 2026.

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